Cierro mis ojos y las coincidencias se filtran por los párpados, por los oídos, por los descuidos y por las manos, flameando aleatoriamente, corriendo en la autopista.
Recuerdo piadosamente y fluye sangre por mis venas, con la vergüenza agotada y sin deseos reprimidos, la vida es intensa una vez más. Y me confieso pionera mentirosa aunque merecida, con gotas de sangre manchando mis excusas y confesando el asco.
Le regalo entonces, ventaja al masoquismo algunos días más. Hasta que la fortaleza y la estupidez me lo avalen.
Y creo que es el doble de la suerte, la que quizás la neutraliza, aunque en el mes del reencuentro entramos en la cábala maliciosa nuevamente, como cuando nos conocimos, desfigurados, alucinados y asustados, a paso lento y bailado sensualmente.
Mientras espero idiotamente, soportada por la fe, prometiendo y fingiéndome inmutable frente al recuerdo latiendo, es la inmadurez la que de esta manera aprendo a abandonar. Donde la imposibilidad es posible y debes resignarte, donde el verdadero amor no existe, la madurez nos mira con desdén vencedor.
Ese fue el gran atributo que pusiste como escudo entre los dos, y que luego de dos cábalas he de entender.
Porque sigo esperando tu llamada, simplemente para no contestarla.







