Encontré hace mucho la pieza que estaba buscando hacía tiempo. Encajó perfecta en mi rompecabeza alusivo a ruedas interminables de rosácea, esa irremisible rosácea delatando mi emoción.
Tuve que adecuar un borde, eso sí, y me conformé con espacios rellenados con mi ardua imaginación. En fin, un conformismo.
Y dejé en el olvido mi rompecabezas de 1000 piezas, con defectos humanos, eso sí, porque todo al fin y al cabo, es creación humana, heredando tácita e irremediablemente su desperfecto edenal.
Siempre adoré los rompecabezas, sobre todo en los que iba dibujándose mi figura, mi rostro y yo, completamente desconocida para entonces. Innumerables piezas (la final es la de la muerte, y la más fácil de ubicar, justo en el centro y no al final como se piensa, de hecho creo que es la única pieza con la que nacemos, y q, de hecho, no podemos mover, sobre la cual seguimos creando formas) por escoger alrededor. La que está a la altura del corazón, siempre es muy flexible.
De hecho, ahora me tiembla la mano al colocar una pieza con la forma y el color proyectado por mi cerebro al ver al rederor del espacio de mis expectativas.... y me tiembla la mano, me tiembla el brazo.
Eso me molesta, y demasiado.
No es la primera vez, eso está por descontado. Sólo que de tanto colocar piezas en ese espacio, termino por preguntarme sino es que al final, será la del color opuesto y forma amorfa (existe) la que encaje a la perfección burlando mi búsqueda intensa y selectiva.
En la espera que desespera.



