Cuando era pequeña (si es que ya soy grande) soñaba siempre. Me encerraba en mi habitación en la oscuridad de una noche virgen y joven con música cotidiana arrullando mi adolescencia. Esa era una rutina impecable. Pensaba demasiado en un amor inmaduro sin lujuria, y en el problema que, en ese entonces, despertaba a la misma hora que yo. Estaba sin saberlo, definiendo mi vida.
El tiempo, claro, pronto a transcurrir, me esperó muchas veces a cambio de algunas noches a solas. Lo inmaduro se fue desvaneciendo con promesas que sirvieron de motivación irrefutable. El sexo iba asomando, disfrazado de muchas maneras y dejándome algunas huellas para seguirlo a voluntad, guiada por la curiosidad, frenada infructuosamente por la vergüenza.
Y las noches ya no eran siempre solitarias, la música enmudeció para siempre sobre mi armario en el ingrato olvido.
Ya no era divertido observar, era vital, encarnar.
Y me detuviste en ese afán. Con una mirada inocente en un aula desde arriba, como siempre. Necesitaba merecerte siendo la mejor, como tú. Definí mi vida en torno a un círculo pequeño, sostenida en ese afán por mi gran estupidez. Las noches fueron desde entonces, solas nuevamente.
Hasta ahora.
Desde luego, ha pasado mucho tiempo desde que era pequeña y no sabía lo que me esperaba mientras escuchaba música popular. Ahora es un pecado social admitirlo.
Estás lejos e imposible, la verdad, no me importa. En absoluto, como a ti.
En realidad, al fin y al cabo, resultaste ser un hombre como todos, tan imperfecto como yo, y un hace tiempo niño a solas en una habitación.
Esa linda niña que tanto cuido.
Sólo quería decirlo, sin darle mucha importancia.

