Debe ser el efecto dominical harto conocido sobre mi siempre, inquieta conciencia, el que no me deja dormir. He dado las vueltas necesarias sobre mi cama empapada de experiencias y placeres, para sentir que me repele. Por eso estoy aquí escribiendo, como siempre para sentirme micrométricamente mejor. Apenas tangible tan repudiable y promesas colgando de mis manos, aferrándose a mi para que no las abandone, como siempre para el futuro que nunca llega.
Impura, loca y mentirosa, en todo he convertido este cuerpo efímero, subyugado a los pensamientos ávidos de palpar con afán pueril del mundo.
Siento alegría y paz, al cerrar los ojos y tapar los oídos a las palabras que mañana he de ver por todos lados.
Otro domingo triste, vacío como siempre. Necesito limitar en unas líneas poderosas, mis sueños, dibujarlos con esfuerzo de imaginación ya que carecen de corazón. Luego he de grabarlas con sangre en mi cabeza, y fijar mi mirada ardiente sobre ellos. Sin cuestionamientos tortuosos, sin vuelta atrás. Para evitar reflejarme en un futuro en las realidades que me deprimen con sólo mirarlas de reojo. Para ser irremediablemente feliz, con la frecuencia que mi corazón lo soporte. Y disfrutar del sexo despiadado en lugar de embarrarme con él. De tocar la delicia y saborearla con mis manos, en un lugar desconocido y perfecto con la melodía de una canción en un idioma antiguo. Sin mirar atrás, ni recordar este momento. Mi cama inorgásmica me repele. Ahora que he derramado mi desesperación, no la necesito más.
Esta noche no volveré a ella.
