Estoy segura de haber vivido eso que no existe y me obliga a este monólogo. Me consuela el no tener miedo, eso sí.
Pueden existir las excusas más pueriles para la razón de este momento en el que me detengo de todo para escribir a una historia terminada, como siempre.
Que irrisorio, que tonto y vanal. Ni siquiera valió la pena, más allá de los escalofríos que sentí antes y no durante, como suele suceder, pasiones muertas por mi obstinada costumbre de racionalizar todo, hasta el roce de unas manos.
Que irónico, el encargado de descifrar los dialectos corpóreos del placer se convierte en mi enemigo al disfrazarlo de hechos físicos completamente descifrables y abobinables incluso.
Tampoco lo desmerezco en su imaginación hedonista e idealización de hechos arbitrarios a las vicisitudes de mi existencia.
En fin, es relativo, y no me asusta, lo admito sonriendo.
No me sorprende en absoluto, es algo a lo que una se acostumbra.

