Puedo escribir los versos más tristes esta noche, cuanto entiendo a Neruda hoy. Es tanta mi pena que no puedo siquiera llorar, estoy muerta y los muertos no lloran.
El amor de mi vida se perdió, se lo robaron mis fantasmas. Esos fantasmas que hoy se rien de mi y de mi soledad.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche con apenas una pizca de mi pena. Pero no lo haré. Porque muerta estoy. Muerta y con la libertad que de nada me ha servido.
Tengo un consuelo, porque Dios nunca me terminó de abandonar. Esto es lo mejor y la gota de cordura me lo dice, porque siempre supe que no quiero mediocridad, desamor, orgullo estúpido e indolencia para mi.
Estoy muerta, en tiempos de pena y dolor, como a los que estaba ya acostumbrada. En realidad, no será la primera vez y tampoco la última.
Pido en público disculpas a mi ser, por haberlo embarrado de fango tantas veces y al tiempo, por haberlo desperdiciado.
Muerta estoy, sí, muerta del dolor, pero no estoy loca.
