domingo, octubre 28

Clasificación


Estoy descubriendo que algunas de las cosas que vivimos son mudas, o incapaces de cantar, al menos. Como el esfuerzo que en este momento desempeño para explicar lo que vi hace algunas horas.
Entonces, sólo converso en mi habitual monólogo.
Caminaba, como siempre, a paso rápido para evitar ser vulnerable. Un sonido distrajo la atención que tenía puesta sobre el dolor de mis pies resentidos y mis ojos viraron junto con mi cabeza en dirección de donde el sonido provenía.
Un equipo de mezcla de cemento ( y lamento ser tan específica, pero es estrictamente necesario) se desprendió de la camioneta que iba arrastrándolo por la autopista contraria a la que yo ocupaba, en mi condición de peatón temporal. Puesto que se desprendió, la predecible reacción del chofer (o conductor, eso depende) fue detener la camioneta, sin tener en cuenta a la inercia. Entonces, naturalmente, camioneta detenida, mezcladora corriendo, acortaron distancia, y en pocos segundos, por efectos reactivos de fuerza y esas cosas que me gustan, el chofer o lo que sea, tenía ya ambas manos puestas sobre su cabeza adornada con una expresión de miedo a la desaprobación o a ser el centro de atención y ante un problema que tiene que ser irremediablemente, resuelto inmediatamente.
Yo, y mis excusas. Era tarde, tenía una clase media hora perdida y seguí lidiando con mis pies, aunque pensando empáticamente. Volví la mirada para aprender de reacciones ajenas y vi no uno, sino tres hombres levantando la mezcladora. Personas que no tenían mayor relación con lo ocurrido que haberlo presenciado (como yo), pero haciendo más que pensar empáticamente o aprender algo de reacciones ajenas.
Personas que hacían que las cosas pasen, o que dejen de pasar, aunque en realidad, es lo mismo.
Seguí mi camino, que nada más podía hacer. Era algo cotidiano, cierto. Una persona en problemas, y un 2% de espectadores que toman acción.

Y me avergonzó pertenecer al 98%.