sábado, octubre 27

Mi y no tu, primera vez



Llorada, contada y cantada a viva voz, con todas las fuerzas que sólo mis pulmones limitaron. Con el corazón sangrando en una mano y los deseos rebosando de la otra, hacía falta sólo un poco de fricción para limitar la velocidad de mis sentimientos, mezclados tácitamente con los tuyos, de la manera en la que tus ojos me enseñaron a descifrar.

Ojos perfectos, encerrados en un armonioso disgregado de cabellos canos, sobre tu frente cortada por tu experiencia irrefutable. Ojos seductores, para mi pueril líbido. En fin, una alucinación.

Acudimos infantilmente a la astrología para excusar el roce delicioso de nuestras manos, recurrimos a la naturaleza y a sus deseos pedregosos y supersticiosos para entablar conversaciones sinceras, llenas de miel y lujuria. Lujuria pura y perfecta, virgen como el tiempo en el que nos conocimos.

Primera vez en la que entregué el corazón, en el estreno rompiendo la cábala de la que siempre sonreiremos al recordar. Con tu tatuaje infantil, atándote a la Tierra cuando dejes de existir, en los comienzos de mis ingentes llantos terrenales o jolgorio rebosante de mi tranquilidad celestial.

Un emporio de desacatos, burlas misántropas, tú, cerca a mí, sintonizado al detalle con el mundo que resulta de los filtros desastrosos que impulsan al asesino que se sienta al lado de un perro de la calle y tiene paz.

Inesperada y desafinada, como yo, la primera vez que me enamoré.