Es gracioso. Siempre que escribía, tenía un sentimiento que necesitaba reprimir, o una emoción que me era menester abandonar en un papel. Era como simbolizar el dolor en forma de letras sin sentido. Ahora, es irónicamente opuesto.
Escribo para sentir. Para vivir historias que no son mías.
¿Y que es lo que escribo sino cuentos ajenos, sueños o quimeras? Venganzas que nunca materializo, amores que no conozco y experiencias que no recuerdo. Enajenaciones, placeres que no he sentido. ¿Es que ha cambiado tanto mi corazón? Ya no le doy vida a unas letras inertes, sino que son ellas las que me inmiscuyen en ficciones borgianas.
Eso sí, siempre salpico algo de verdad en las historias. Porque siempre he querido que me escuchen con ansiedad morbosa, para sentir ese contacto humano implícito, imagino.
No sé.
Este es un medio de descubrirme, honestamente.
Es una manera de satisfacer mi necesidad de importancia, de adoración del hombre que me ama, y me engaño imaginando que alguien vive mis fantasías, a quien realmente le importe la vida de mis personajes fantasiosos, fingiendo ser yo. No me pregunto si es verdad, sólo lo acepto ciegamente.
En fin. Sólo quería decirlo. Probablemente, sólo a mi misma.
