Y admito que me sonrojo al aceptarlo. Pero es consumante, agobiante.
Cuando me rindo ante ella, desespero en búsqueda de remedos baratos de licor callejero, y me excito aún más, cuando es robado.
La jaqueca y las puertas cerradas me recuerdan al día siguiente, lo bajo que puedo caer.
Mis plegarias falsas en pos de conciliar el sueño alivian ligeramente mi culpa, antes de mi nueva oportunidad de revolcarme en un fango de autocompasión y sentimiento de culpa irresoluta.
Ya nada importa en el momento, sólo sentir, morir puede ser una opción después.
Que sencillo resulta echarle la culpa a esta sed que siento. Que sencillo suplicar compasión con muecas de arrepentimiento.
Y que caro el precio que pagué, por pensar una vez, que esa no era yo.

