Fueron sus manos aún calientes las que me causaron escalofríos al rozar mi espalda mientras la despojaba de la blusa.
Luego, recogió mi cabello, suavemente, y lo colocó al lado derecho de mi rostro.
Enseguida, me encantó al susurrar a mi oído y me dió un beso en el hombro. Todo fue perfecto hasta ese momento.
Pero comenzó a arder profundamente, creando la marca que sería difícil, si posible, borrar.
Lentamente, con su experiencia característica, dibujó de negro en mi pecosa espalda, un corazón vacío en la mano de un centauro, atravezado por su flecha. Cada milímetro fue aterrador. Me costó adaptarme al dolor y entender porque cedí finalmente a tal tortura.
Lentamente, con su experiencia característica, dibujó de negro en mi pecosa espalda, un corazón vacío en la mano de un centauro, atravezado por su flecha. Cada milímetro fue aterrador. Me costó adaptarme al dolor y entender porque cedí finalmente a tal tortura.
Era ego, creo. O demostrarle que me importaba. O de repente, sólo experimentar.
Tantas razones.
Tantas razones.
O ninguna.
Al terminar, volvió a susurrarme al oido y a darme un beso en el hombro. Luego, se marchó, como siempre supe que lo haría.
Era extraño todo eso.
Al terminar, volvió a susurrarme al oido y a darme un beso en el hombro. Luego, se marchó, como siempre supe que lo haría.
Era extraño todo eso.
El tatuaje era hermoso aunque dolía al verlo, aún después de un tiempo.
Era un dolor casi imperceptible, pero existía y me recordaba el susurro y el beso.
No miraba el centauro, sino su rostro sonriente, mortalmente lujurioso.
Cuatro meses transcurrieron.
Y volví sola.
Desnudaron nuevamente mi espalda, recogieron nuevamente mi cabello. Sin susurros ni besos esta vez.
El ardor, a mi pesar, estuvo ahí nuevamente, al comenzar a desaparecer mi centauro hermoso.
Cada milímetro reclamó a gritos una lágrima, en cada quemadura y holor a ceniza, mis cenizas.
Un mes pasó y me encuentro frente a la computadora ahora. Rezagos del tatuaje, los tengo, y sinceramente, me alegra.
Y he descubierto que sigo viendo su sonrisa lujuriosa, pero por suerte sin ese dolor recordándomelo, sólo es cuando, de casualidad, miro hacia mi espalda.
